«Son el perfume del verano mismo»

Agosto es el mes de los melocotones, y me he venido con un buen puñadito de ellos a Madrid, porque en mi pueblo se dan mucho. Por dar, le dan incluso nombre al río… Y a cada mordisco adquiero su memoria, o la recuerdo, como le pasaba a Proust con la dichosa magdalena. El melocotón es originario de China, y el melocotón mordido era símbolo allí del amor homosexual desde que un jovencito lindo llamado Mizi Xia, que se hablaba entre los cerezos con el Duque Ling de Wei, un día, delante de la corte del Celeste Imperio, tomó un melocotón y lo mordió y luego caminó a pasos cortos hasta el amado y se lo ofreció. El duque lo aceptó diciendo: «ved cómo me ama, que olvida su boca para endulzar la mía». El hecho fue tan comentado que quedó como símbolo de amor viril, al principio, y de amor inclusivo después, hasta el punto de que los guerreros llevaban en los zurrones huesos de melocotones comidos a medias con sus amores de pelo o de pluma la víspera de la batalla. Y fue así que en una de estas batallas los generales del Hijo del Cielo perdieron ante el gran rey Janiska de la India, y se hicieron varios prisioneros, y al registrar el zurrón de uno, ahí había tres huesos de melocotón, que el joven era un hábil amador, y no queriendo confesar ni lo que eran por miedo a que se desvelaran sus infidelidades, fue ajusticiado mientras veía, entre llanto y risa, cómo los huesos eran plantados. «Ahí quedan mis amores, rubios, entre las flores», dicen que pensó antes de morir. El caso es que de los huesos brotó el árbol, y del árbol nacieron las yemas doradas del melocotón, brillando como el sol entre los tamarindos de Benarés. Y se dice que era manjar de brahamanes, pero que un muchacho insurgente lo vendió a los mercaderes de sedas árabes, oro por oro, y así llegó un cofrecito a Samarcanda, en Persia, donde los cató, ¡de los primeros!, el legendario poeta Firdusi, al que se los presentaron para que los describiera poéticamente. Firdusi compuso un verso donde decía «que su piel se separa de su pulpa como un manto de seda cae de las espaldas de una mujer», y que «su hueso sale fácilmente del repliegue rosado en que se oculta», y que su perfume era el verano mismo, y que las avispas lo sabían, y caen rendidas a sus pies al enloquecer de placer por su dulzor. Y que no deberían probarse más que una vez. El sabor del melocotón y las palabras del poeta triunfaron en las veladas y azoteas de Samarcanda, y viajaron a los confines del mundo musulmán, y por las cruzadas, los templarios trajeron a Europa ídolos ocultos y promesas doradas en forma de huesos, que felizmente rebrotaron, primero en el mediodía de Francia, donde se los llamó por su origen, árabe y persa: al-pérsicos, pejigos, al-pejigos, al-pérchigos y albérchigos, como el río de mi pueblo, Alberche, y por fin, albaricoques, los llamamos en España. En Francia fueron célebres los cultivados personalmente por el señor de Montreuil, hombre de sangre colérica, que se le subía por la cara en forma de mancha roja permanente. Dicen que fue capitán muy violento y matador, pero jardinero solícito y delicado del apricot.

Y a mí, desde que sé todo esto, me pasa como a Bertrand Russell, que los melocotones me gustan mucho más.

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