El cuento de nunca acabar

hector

Empecé a dar clases de narración oral de cuentos en noviembre de 2007, en Salamanca, en un taller de teatro de barrio. El primer día de profe me sentía como cuando empecé a contar, como si alguien me agarrara la raíz del nervio para apretarla a veces y otras acariciarla. Yo no sabía muy bien qué enseñar o por dónde empezar; era un extranjero de mí mismo con una lengua casi incomprensible, tratando de transmitir mis experiencias, aún blandas, mi emoción y mis intuiciones respecto de este arte sencillo e infinito de contar cuentos de viva voz. Fue agotador y maravilloso, y apenas pude dormir en todos aquellos días.

Hay un cuento en Las mil y una noches donde la hija de un sultán se encama con un esclavo negro y vigoroso y, después de probar aquello, ya no querrá más que hacer el amor, incansablemente. A mí me sucedió algo parecido con el cuento y con la formación: ahora no quiero ni puedo dejar de contar y de compartir lo hallado. Me hace feliz investigar, encontrar, recrear, cambiar sin cambiar, proponer la búsqueda de algo hasta el hallazgo, quizá de ese algo concreto o de otra cosa, pero encontrar algo con lo que jugar durante semanas. Así, los talleres que comparto con los alumnos que acuden a mi Hector’s Studio están llenos de pequeños asombros. Y somos muy ambiciosos: no se trata sólo de aprender a contar, se trata de aprenderlo todo a través de contar. Una propuesta teórica, una propuesta de juego y una puesta en común son los ingredientes generales de cada clase, siempre nuevos o renovados, para ponerle entre todos esa pizquita de fantasía inesperada que convierte la vida en un milagro.

Y ahora empezamos, en unos días, y dejo la puerta abierta para que salga el calorcito…

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Noticia de sirenas

sirena2   Este mes escribo breve, desde la orilla del mar que se ve por mi ventana. Yo, chico de secano al fin, siempre le tuve mucho respeto al mar, hasta que poco a poco fui preguntándome por las maravillas que no se ven, que laten escondidas como las sirenas. Hace unos pocos años, en las costas de Israel, alguien grabó con su cámara de móvil lo que parecía una sirena echada al sol sobre una piedra en un acantilado. La hermosa, al verse sorprendida, se agitó de súbito y se hundió en el mar, pero la cámara lo recogió todo.

   Es increíble la necesidad que tenemos de meter los dedos en la llaga, de saber viendo, cuando basta cerrar los ojos, precisamente, para creer en las sirenas y convencerse de su existencia. ¿O es que vosotros no habéis sentido la llamada de una ilusión, de un sueño, que os reclama amenazante, como para estrellaros contra las rocas? Yo creo que la noticia es cierta porque en el mismo mar siriaco donde se avistó la sirena con el móvil cuenta Cunqueiro en su Orestes que había sirenas. Y que los jóvenes se daban a la diversión con ellas, incluso violentando el sexto, y fue que llegó por allí un misionero irlandés al que no le agradaban estas ligerezas. Y esperó hasta que la situación se le puso piripintada: un muchacho fue encontrado muerto de madrugada a la orilla del mar. Y, como era muy querido, los padres lo lloraban largamente y el misionero tomó cartas en el asunto. Se dispuso a estudiar un San Patricio y allí encontró la ciencia del canto de las sirenas: por lo visto al cantar su voz se condensa caliente en el aire, y forma una nubecilla densa, que se enfría al rato y regresa a la boca de la sirena, que así puede volver a cantar. Deduciendo que la sirena queda muda durante ese intervalo sin su canto, este fray irlandés construyó una red fina y se embarcó con un mozo heredero, hermoso como la luna en su plenitud. Y todo fue avistarlo y salir las damas del mar a competir con sus voces para enlazar al pimpollo a sí mismas, y todos los cantos echados se condensaban en el aire, y entonces el estudioso arrojó la red, capturó las canciones de todas las sirenas y luego las quemó en la orilla, dejando a las sirenas donde aún siguen, como las emociones a veces, mudas y tristes, encalladas en un corazón rocoso y sin poder ser escuchadas.

Yo creo que la sirena grabada con el móvil en Israel debió ser de estas, porque de haber sido cantora quizá el mozo que las grabó habría quedado hechizado por el canto y la felicidad… Porque las sirenas a veces son parteras de ilusiones como aquella que amó don Roldán cerca de Sicilia, y, quedando embarazada, dio a luz en las costas de Galicia a un mozo al que llamaron Paadin, por ser hijo del Paladín, y que según se cuenta en Sonata de otoño, era antepasado de Valle-Inclán. Yo siento que este verano también me visitaron las sirenas, dormido, y que esta vez fui yo quien preñó de hermosos proyectos, que ya os iré contando…

Por lo pronto, ahí van cuentos en agosto y clases a partir de septiembre, para aprender a decir la verdad y que no os pilllen.

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Caídos del cielo

Principito-1

-¿De dónde sacáis los cuentos los narradores?

Al principio es difícil encontrar historias. Yo creo que se esconden de uno para que no las contemos cuando no tenemos la experiencia y las tablas necesarias. Los cuentos, sabios, se quitan de nuestro camino, se disfrazan bigotudos, se colocan de perfil en la página, y así el cuentero inicial se puede pasar años buscándolos sin hallarlos. Pero si persevera y cuenta, se hace, y poco a poco los mismos cuentos salen a su encuentro, se le entregan, y en cualquier lugar parece encontrar una historia que compartir.

Este es solamente uno de los aspectos fascinantes de ser narrador, que es un cuento en sí mismo, y más hoy en día. Uno aparece como las brujas, de calle, entre todos los demás, tan disimulado que hasta se hace difícil reconocerlo, confundido con el auditorio. Y de repente te subes a escena y abres la boca, los brazos, y de la nada surge el mundo entero, de lo que traes en el magín, del barro metafísico que mezclas con la complicidad, la memoria y la recién despertada capacidad de juego del auditorio. Y las bocas, los ojos y las almas se abren y se entregan. “Los tres euros mejor empleados de mi vida”, dijo un muchacho de 13 años a su profe cuando fui a contar a su instituto hace unas semanas. Supongo que por la sorpresa de ver cómo nace todo de ningún lugar.

Los narradores somos paracaidistas escénicos: mecidos en el desequilibrio caemos en cualquier lugar inesperado, con la mochila llena de lo que crees que usarás, entre gentes que súbitamente te reconocen sólo cuando empiezas a desvelar tu propio catálogo de maravillas aprovechando el terreno que haya, y que puede ir desde un escenario amable hasta el rincón más oscuro de una cocina. Pero da igual, todo sirve, todo se aprovecha, todo se transforma, y el público mira asombrado, alguno incluso hacia arriba, preguntándose pero de dónde salió este, como El Principito al aviador: “Alors, et toi, tu viens du ciel aussi?”

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Cursos de verano de narración oral-cuentacuentos

Con junio se afianzan las ganas de jugar… Aquí tenéis un par de propuestas artísticas para iniciaros (o recrearos) en el arte infinito del cuentacuentos profesional. La narración oral es un arte troncal para cualquiera que tenga interés en la oralidad, la literatura o el cine. Si os apetece adentraros en este mundo, yo os propongo estas dos puertas:

(Los cursos son independientes, aunque traten el mismo tema. No hay que hacer los dos, ni uno antes que el otro, son juegos diferentes sobre el arte de contar.)

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Celebración de la narradora

se como sheherezade editado copia

Hace unos años me contrataron en un biblioteca para un proyecto de formación de usuarios. Venían niños de coles, yo les contaba cuentos y entre medias les explicaba algunos asuntos básicos del funcionamiento de la biblioteca, Acto seguido se abría el turno de preguntas. Recuerdo a una niña con su brazo levantado:

-¿También hay chicas contando cuentos?
-Sí. Muchas.

Y otra niña:

-¿Y son guapas?

Las historias orales siempre han tenido una relación especial con la mujer. Mientras los hombres escribían con tinta de plomo, la mujer contaba ligera y aparentemente olvidaba después, para volver a recrear más adelante, como quien lanza un mensaje clandestino que se autodestruirá tras ser recibido, para no dejar rastro de su insurgencia bajo la ficción social de que solo el hombre existe. Y así, crípticamente, el libro de “Las mil noches y una noche” es en el original “Alf layla ua laya”, donde “layla” es noche en árabe y también en hebreo, y el hebro “layla” o “layil” deriva de Lilith, la mujer primera, insumisa e independiente, y todo este razonamiento se desliza como un guiño que la fenomenal Sheherezade hace a sus congéneres por debajo del manto del finalmente escriba masculino que redactó los cuentos. Y ya lo ven: noche, mujer, el cuento oral, lo que se “teje por debajo”… Todo era lo mismo: la vida de lo que no se ve, el lenguaje de los harenes, y de esta forma “Las mil y una noches” son también “Las mil y una mujeres”. Y así es: las “Noches árabes” incluyen entre sus cuentos infinidad de formas de ser mujer, que palpitan para quien sabe mirar a pesar del oscuro barniz del escriba. Mujeres como Budur, Aziza, Zumurrud, Esplendor, Halima, Zeinab, Dalila…. o Amina, la más joven de las tres hermanas del cuento del “mandadero de Bagdad”. Cuando las hermanas y los tres zaaluk son conminados por el gran califa a contar sus historias, todos cuentan y Amina calla. “Quizá por que es muy joven, aún no ha amado, y por tanto, aún no tiene nada que contar”.

Paralelamente aquí, en nuestra Europa cristiana, amaban las ardientes mozas, amaban y lo contaban, también de manera clandestina, en canciones aparentenmente costumbristas, inocentes, raras en boca de mozas castellanas que no habían visto el mar, pero ciertamente lo habían sentido dentro de sí:

“Levantose un viento
que del mar salía
y alzome las faldas
de la mi camisa”

Y lo mismo con otros temas, igual de libres se muestran ellas, de manera más o menos explícita:

“A las avellanas
mozuelas galanas,
a las avellanicas
a las avellanas”

“Ya florecen los almendros
y los amores con ellos
Juan:
mala seré de guardar”

“porque duerme el agua sola,
amanece helada”

“-¿De dónde venís, casada,
tan placentera?
-Vengo de ver el campo,
y la alameda.”

“-Gentil caballero, ¿de qué tenéis miedo
estando conmigo?
-De vos mi señora, que habéis otro amigo.
-¿Y de eso tienes miedo, cobarde caballero?”

Y hoy, que se celebra la fiesta de la mujer trabajadora, yo reivindico a la narradora. A la cuentera que siempre de forma sutil supo mostrarse, cantarse, contarse a pesar de todo, callar hasta amar, como Amina, y luego desbordarse de metáforas sensuales, inteligentes, certeras. Y reivindico esa revolución sutil, femenina, elegante y divertida que supone contarse como se es y se siente, sencillamente, ahora que al menos aquí puede ser público el lenguaje de los harenes, ahora que se puede contar en voz muy alta, amigas: vivid y contad, aprended a hacerlo y disfrutad de ello, como se despliegan brillantes mis compañeras de oficio, pues alguien que cuenta se vuelve un ser tan hermoso como sólo una niña lo puede imaginar.

[¿Quieres que te lo lea? Pulsa aquí]

(Textos tradicionales extraídos del libro “De Amores y versos en el otoño medieval”, de Juan Victorio)

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Cumpleaños cuentero

bob dylan

Hay muchos cuentos en lo tradicional donde dos (o más) mujeres hablan de sus amantes. En una fabliaux medieval tres mujeres encuentran un anillo y proponen una competición para ganarlo: aquella que cuente la mejor manera de engañar a su chico se lo quedará. En Las mil y una noches, las dos esposas de un hombre viejo hablan de los amantes que se han echado, una un chico joven y la otra un hombretón “con barba”, y comparan sus prestaciones para con ellas. Esta tradición se reinventa en nuestros chistes actuales. En este caso tres personas de diferentes oficios (un artista, un funcionario y un científico) discuten sobre si es mejor convivir con una amante o una esposa:

-Evidentemente una amante –afirma con convicción el artista-, una relación huracanada, donde no sabes qué pasará cada día. Un amor finito en su infinitud, intenso y que reviva cada vez, como el fénix, de sus cenizas.

-No sabes lo que dices –replica el funcionario-. Lo ideal es un matrimonio: una mujer que sabes que siempre estará ahí, con la que sentir seguridad y dar seguridad, hacer juntos planes a largo plazo, una vida deslizada…

-Bah, pamplinas, no tenéis ni idea –dice de repente el científico- Lo mejor es estar con las dos: así una siempre piensa que estás con la otra y puedes dedicarte tranquilamente a trabajar en el laboratorio.

Esa era mi situación hace más de diez años: me debatía entre dos aguas, dos amores: la ciencia y el arte narrativo. Andaba saltando de un laboratorio a otro, cuando por fin, en 2004, conseguí una beca para un doctorado sobre estructura de proteínas en la Universidad de Salamanca.

-¿Qué cualidad tienes?- me preguntó mi futuro director de tesis al entrevistarme.

-Suelo tener suerte: siempre caigo de pie.

Trabajé mucho en aquel laboratorio durante dos años, mientras mantenía salidas a contar a diversos lugares, y entonces un día decidí que debería dejar de contar de una vez para sentar la cabeza y dedicarme de pleno a la ciencia y la cristalografía de proteínas. Al fin y al cabo ya tenía 28 años y era eso lo que se esperaba de mí. Entonces sucedió algo: mi jefe me gritó un día. Se enfadó conmigo porque andaba despistado, y aún salía a actuar por ahí y me marcó la línea roja sin marcarla. Y yo, que nunca he llevado bien la autoridad, de repente me desperté. Las personas que más me quieren trataron de disuadirme, pero no hubo caso: me despojé sin apenas pesar de todo lo que llevaba encima: el trabajo realizado, el sueldo más o menos fijo, los estudios, la seguridad, la proyección, la carrera científica, todo fuera, para salir al gran exterior, a la incertidumbre de vivir del cuento, para ser yo mismo.

No ha sido fácil, pero aquí estoy, dando gracias cada día por aquella ensalada de gritos. Y de eso, este mes de febrero de 2016, hace exactamente diez años.

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Innocent when we dream…

reina mab 2

Uno de los últimos regalos que me dejó 2015 fue un diccionario para la interpretación de los sueños. Es curioso el poder de la ficción, como lo que nuestras cabezas tejen con anhelos, vivencias y realidades inconscientes puede conformar un tapiz muy acertado sobre nosotros, y aún sobre nuestro futuro. Porque la ficción a veces genera la realidad, como muy bien saben (ahora) el Chapo Guzmán y la actriz Kate del Castillo, personajes de su propia vida. Pero de esto hablaremos en otra ocasión.

Dice Shakespeare que los sueños los trae la oscura reina Mab, tan pequeña como una sortija de ágata en el dedo de un obispo; su coche es la cáscara de una avellana, y la capota, de alas de saltamontes. Lleva un hueso de grillo como fuste, y un mosquito vestido de gris le hace de cochero. Cabalga sobre nuestras narices cuando estamos dormidos, y nos hace soñar…

Los sueños han sido siempre guía de muchas cosas, no sólo sexuales, y mi libro dice, por ejemplo, que si sueñas con pulmones, significa el aliento de la vida, la independencia, libertad y confianza. Sangrar en los sueños te avisa de que estás en peligro, y si la sangre está seca es que tienes asuntos pendientes; soñar con una biblioteca significa que vives plenamente; cuando aparece un anillo, depende: si es de matrimonio augura pronta boda, pero si está en el dedo equivocado es que la boda saldrá mal (así que no olvidéis fijaros, cuando soñéis, en qué dedo cae el anillo); un caballo es la potencia; soñar con azúcar preconiza el éxito, y con café, la amargura. Soñar que se comen cerezas es que se está al borde de la felicidad. Si sueñas con hilos brillantes que te recorren se te anima a que no seas avaro con la vida, a que gastes y arriesgues y disfrutes, sin miedo a resbalar.

Yo os deseo a todos sueños plenos de cerezas e hilos brillantes. Y que vengáis a alimentarlos de ficción y asombro escuchando cuentos en 2016. Ahí van los míos, en cada espectáculo, como estrellas que guían.

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Sobre el papel del formador en el arte

Un buen narrador no es necesariamente un buen formador. Sucede como en los deportes, donde la vida profesional del jugador es breve y muchos, al retirarse, pasan a ser entrenadores: el mejor entrenador no es necesariamente el que fuera mejor jugador. A veces sí, a veces no, de hecho se dice que se juega como se puede y se entrena para que se juegue como a uno le gustaría. Eso es un formador: alguien que influencia. Un buen formador es esa persona que devuelve una versión mejorada del narrador que ha pasado por sus manos. Y una versión mejorada significa un narrador más singular, mejor armado, con más recursos, con más conocimiento del oficio y de sí mismo, de sus posibilidades, de sus virtudes y sus defectos. Además de eso, el buen formador para mí debe:

Tener un método formativo, un plan, una idea, una estrategia, una serie de convicciones teóricas sobre las que cimentar un método de trabajo.
Tener capacidad pedagógica, paciencia y amor e interés por los alumnos y la enseñanza. Sin esto no se puede enseñar.
Capacidad de estudio y análisis. Sensibilidad para percibir lo que necesita el alumno en cada momento y cómo ayudarlo a mejorar.
Un rigor no exento de humildad para permitirse cambiar. Interés por lo que sucede fuera, consciencia de que el mundo cambia, de que se descubren y se proponen cosas nuevas constantemente, y de que el arte en definitiva suele vivir en un límite, en una frontera para adelantarse a decir las mismas cosas de forma novedosa, rompedora. El formador, por sus propias convicciones, es riguroso y dogmático en su enseñanza y al tiempo debe ser capaz de ver, respetar y aprovechar la continua circunstancia de cambio en la que nos movemos.
El maestro no es nadie sin el alumno, como el narrador no es nadie sin el público, por eso le debe un máximo respeto. El público busca al narrador que se adecúa a su esencia para seguirlo y disfrutarlo, y uno le gustará más que otro porque sintoniza mejor con este que con aquel. En el caso del maestro-alumno sucede lo mismo: el alumno elige el método formativo con el que armoniza, y lo sigue. Porque le divierte, porque comparte la visión del formador, porque le es útil, o un reto, o fácil, natural, aprovechable… Por mil razones que sólo el alumno sabe. Aunque el formador y el alumno no conectasen, un formador capaz siempre deja poso en un alumno, y siempre se deja sorprender por este. De ahí que se diga que un maestro es en realidad el alumno del alumno, y de ahí que se aconseje a quien tome un curso “no pensar en ir a ver qué aprendo, sino a ver qué puedo aportar”. El maestro es un guía, un “proponedor” que interpreta y juega con todo lo que sucede en una clase, y el alumno ideal es el que es capaz de sacarle jugo a todo el juego que se ha propuesto.

La humildad es la clave. La humildad es el estado perfecto para la apertura, para la disponibilidad, para ser tierra fértil donde germine la nueva experiencia. Es clave en la relación maestro-alumno, donde ambos proponen desde lo que sencillamente saben y son, y así se establece el diálogo del que ambos saldrán reforzados. Es clave para decir sencillamente la verdad. Es clave en la constatación de si la metodología funciona o no, o de que uno cree en algo y sabe que aún no ha dado con la clave, pero cree en eso y persevera no por cabezonería o por tener razón sino por la honrada convicción de que hay una verdad velada un paso más allá y la intuye, pero aún no la alcanza. Es clave para seguir impregnándose de realidad, que casi siempre matiza lo que uno pensaba, y hace que ya no piense lo mismo exactamente. Es clave para estar convencido de que la formación del formador es también continuada, y de que la perfección siempre queda lejos. Es clave para escuchar la propuesta de cada alumno, aunque parezca descabellada. Es clave para que la clase fluya. Es clave para amar el riesgo y animar al riesgo a los alumnos, y no a limitarse a recitar la lección. Es clave para cuestionarse a uno mismo con libertad si realmente está aportando algo al oficio y a las personas que pasan por sus manos o está ocupando un espacio que (ya o todavía) no le corresponde.

En definitiva el formador es un especialista, una figura normal en cualquier oficio, no sé si necesaria, pero sí natural. Ocupa un espacio lateral al del hacedor, a veces coincide que el formador también es hacedor y a veces no, ayuda al otro a comprenderse y a sacar lo mejor de sí mismo, y aporta desde el terreno de la reflexión, la investigación y la comprensión del fenómeno artístico que le ocupa. Es un desempeño que amplía los horizontes del arte al que sirve, actúa como mediador entre la sociedad y el artista a través de otro canal y, lo más importante, es una labor con vuelo que enriquece el oficio cuando se hace con el mismo rigor y la pasión que se le exigen al narrador al contar.

Héctor Urién

(Artículo publicado en la web de la Asociación de profesionales de la narración oral, AEDA. El post original puede consultarse aquí)

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