Nuevo curso de narración oral: Puesta en escena (abril-junio 2017)

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El curso consiste en la preparación de un cuento para contar en escena. Cada alumno propondrá una historia que preparará durante el curso, y combinará su propia intuición y experiencia con la guía y los juegos propuestos en el taller. Las clases serán casi puramente prácticas, y en ellas los alumnos trabajarán sobre todos los cuentos propuestos, enriqueciéndolos con diversas posibilidades narrativas para que el narrador de cada cuento elija cuál se amolda más a cada momento de su cuento, a su forma de contar y a su sensibilidad.

Es decir, que este curso será como venir al gimnasio: será como ponerse en forma narrativamente en relación al cuento que se quiere contar. En cada clase se trabajarán un grupo de historias de los alumnos, y estos, aunque estén adscritos a un grupo concreto (sea el del lunes, el del miércoles o el del sábado), podrán venir cuando quieran, siempre que haya sitio, a entrenar. Tras el calentamiento, preparación y exhibición de las historias propuestas en cada clase, se procederá a la devolución del profesor. El curso culminará con una muestra pública de los cuentos preparados en los espacios hermanados del taller de Héctor Urién, durante el mes de junio. La muestra no es obligatoria para los alumnos; cada cual decidirá si quiere contar públicamente o no.

Información técnica:

Lugar: Hector’s Studio (C/ San Dimas 6, bajo C, 28015 Madrid. Barrio de Conde Duque)
Número de alumnos máximo por día: 15
Precio del taller: 100€ (a pagar 50€ en la primera clase y 50€ el 15, 17 ó 20 de mayo)
Inscripción: Escribiendo a hectorurien@gmail.com
Necesidades: cada persona apuntada deberá traer un cuento de no más de 5 minutos de duración (3 folios por una cara, aprox) que le apetezca trabajar. Puede ser un cuento popular, un cuento de autor o un cuento de creación propia.

Fechas lunes (20:00 – 22:00):
Abril: 17, 24
Mayo: 8, 15, 22, 29
Junio: 5, 12

Fechas miércoles (20:00 – 22:00):
Abril: 19, 26
Mayo: 3, 10, 17, 24, 31
Junio: 7

Fechas sábados (11:00 – 14:30):
Abril: 22
Mayo: 6, 20, 27
Junio: 10

Fechas previstas para las muestras (pueden sufrir variaciones):
En Madrid: 11, 13, 14, 15 de junio
Quizás también en Córdoba

 

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El arte y el abrazo

La vejez consiste en dejar de escuchar. Lo natural de la experiencia es revertir las cosas a meros conceptos, y el arte rejuvenece porque en una lucha desesperanzada consigue que por un momento veamos las cosas tal y como son. Lorca, que siempre tuvo problemas para caminar, cuenta que de pequeño para conseguir que los otros niños lo consideraran, desarrolló su capacidad para inventar y contar cuentos: “ellos corrían, y yo no podía correr con ellos, así que necesitaba que se detuvieran todo lo posible, que me vieran”. También Valle descosía su soledad tejiendo historias en los ateneos madrileños sobre cómo perdió la mano izquierda, y luego ya viejito en Santiago, contaba a los jóvenes sobre los siete fantasmas compostelanos, entre los que nunca se incluía a sí mismo.

Conceptualizamos, descarnamos las cosas y las personas en nuestra mente por pura practicidad. Pero un día vemos la deslumbrante individualidad de cada uno, para inmediatamente romperla y fundirnos felizmente en el otro; es después de reconocer a alguien que lo abrazamos.

Ray Bradbury reveló que en un futuro pasado los hombres y mujeres de raza negra escaparon de la tierra y se asentaron en Marte, generando una nueva y propia sociedad a 59 millones de kilómetros de la Tierra y del hombre blanco. Un día, 20 años después, un cohete se acerca. Se sospecha que vienen un puñado de blancos, tras las guerras nucleares que han asolado la Tierra desde entonces. Los niños preguntan curiosos cómo es un hombre blanco, y se ríen ante las descripciones físicas inconcebibles “¿son así?”, dice uno arrojándose harina a la cara mientras el resto ríe. Los adultos, sin embargo, recuerdan, y en el padre de los niños comienza a removerse la venganza: “Ahorcaron a mi abuelo; a mi madre la mataron… Ahora tendrán lo que se merecen”. Y va por las casas aventando armas, y cuerdas, y pintan los asientos traseros de los autobuses de blanco, para los nuevos… “¡Si quieren vivir aquí tendrán que lustrarnos los zapatos, y aún así colgaremos cada semana a un par de ellos, para que no se despisten! Ahora la piedra rechina en el otro pie”. Los hombres y las mujeres apuran los nudos corredizos y esperan en el aeródromo la llegada del cohete. Y el cohete llega, y las puertas se abren y brota por fin del humo y del metal un hombre blanco. Un hombre viejo. “No importa quién soy, no sería más que un nombre para vosotros” Y habla de la guerra en la tierra, del destrozo nuclear… “Lo arruinamos todo… Y cuando terminamos con las grandes ciudades, nos volvimos hacia las más pequeñas, y lanzamos sobre ellas nuestras bombas.” Entonces la gente negra le empezó a preguntar por sus antiguos hogares: “¿Y Nueva Orleans, y Fulton, y Greenwater, y la calle cuatro de Memphis…?” “No queda nada”. Y siguió: “hemos sido unos estúpidos; os suplicamos vuestra ayuda. Merecemos cualquier castigo, pero no nos cerréis las puertas. Limpiaremos las casas, cocinaremos, os lustraremos los zapatos, nos humillaremos por todo lo que hemos hecho contra nosotros mismos, contra otras gentes, contra vosotros”. Y luego calló. Y su silencio fue acompañado por el de los negros, que poco a poco arrojaron sus armas.

Encontrarse para tocar, para improvisar versos, para escuchar y contar, son formas distintas de crear la individualidad para romperla justo después, de generar belleza y humanidad, de hacer el amor. En el cuento de Bradbury, al final los niños preguntan: “pero papá, tú ya habías visto al hombre blanco, ¿verdad?”. Y el padre responde: “no, queridos… yo lo acabo de ver por vez primera.”

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Contar y contar

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Si hay algo que ha fascinado a la humanidad durante milenios ha sido el significado mágico de los números. Las antiguas culturas de Ur, de Sumer, el nacimiento de la humanidad se apoyaba en una adoración a las matemáticas, a números como el 72, o al 432.000, que luego se traducían en las historias. Y el cuento viajaba literalmente cifrado, alcanzando las transparentes latitudes escandinavas, donde Odín el tuerto en la Guerra del lobo era acompañado por tantos contingentes de 800 guerreros como para atravesar, cada uno, 540 puertas.

La adoración de los números tiene su sentido en que la matemática es tan fría e implacable como la vida misma, y en el principio de los tiempos, viendo que todo se mostraba indiferente al ser humano, tenía todo el sentido que Dios fuera una ecuación. Luego llegarían las revoluciones, pero ahí quedó la Cábala, la serie de Fibonacci -que inventa las conchas y los movimientos de los gatos-… Y el poder de contar hacia delante y hacia atrás. Un amigo mío, artista muy querido y admirado, me confesó un día que siendo adolescente encontró en una librería de viejo un manual para visitar las vidas pasadas de cada cual. El libro era breve, y las instrucciones eran igualmente sencillas: basta contar cada día hasta un número, primero hacia delante y luego hacia atrás, sin perder la concentración, sin pensar en nada. Si lo consigues, a la noche siguiente le añades un número más. Y así: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1; buenas noches, mañana 8. El libro prometía que si llegabas a 100 sin perder la concentración, hacia delante y hacia atrás, tu alma dejaría tu cuerpo momentáneamente y ascenderías a encarnar una vida anterior, a conocerla. ¿Y llegaste? Pregunté escéptico y divertido. –Sí.

“De repente sentí que ascendía, abandonado el cuerpo. Subí dejando atrás la litera superior, donde estaba mi hermano, y atravesé el techo, uno y otro y otro, salí por el tejado y continué, hacia una nube brillante en la noche oscura… Entonces, a punto de alcanzar algo, me asusté y regresé, y nunca más lo intenté de nuevo.”

Me quedé helado de repente. ¿Hablas en serio?. –Sí.

No sé si alguna vez reuniré el valor y la disciplina para hacer la prueba: ya saben, llegar a contar hasta 100 hacia delante y hacia atrás. Ya tengo suficiente mística con contar una a una las mil y una noches… Se dice que cualquiera que las lee enteras o alcanza las 1001 contadas ve venir la muerte de frente. Ya les contaré…

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El cuento de nunca acabar

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Empecé a dar clases de narración oral de cuentos en noviembre de 2007, en Salamanca, en un taller de teatro de barrio. El primer día de profe me sentía como cuando empecé a contar, como si alguien me agarrara la raíz del nervio para apretarla a veces y otras acariciarla. Yo no sabía muy bien qué enseñar o por dónde empezar; era un extranjero de mí mismo con una lengua casi incomprensible, tratando de transmitir mis experiencias, aún blandas, mi emoción y mis intuiciones respecto de este arte sencillo e infinito de contar cuentos de viva voz. Fue agotador y maravilloso, y apenas pude dormir en todos aquellos días.

Hay un cuento en Las mil y una noches donde la hija de un sultán se encama con un esclavo negro y vigoroso y, después de probar aquello, ya no querrá más que hacer el amor, incansablemente. A mí me sucedió algo parecido con el cuento y con la formación: ahora no quiero ni puedo dejar de contar y de compartir lo hallado. Me hace feliz investigar, encontrar, recrear, cambiar sin cambiar, proponer la búsqueda de algo hasta el hallazgo, quizá de ese algo concreto o de otra cosa, pero encontrar algo con lo que jugar durante semanas. Así, los talleres que comparto con los alumnos que acuden a mi Hector’s Studio están llenos de pequeños asombros. Y somos muy ambiciosos: no se trata sólo de aprender a contar, se trata de aprenderlo todo a través de contar. Una propuesta teórica, una propuesta de juego y una puesta en común son los ingredientes generales de cada clase, siempre nuevos o renovados, para ponerle entre todos esa pizquita de fantasía inesperada que convierte la vida en un milagro.

Y ahora empezamos, en unos días, y dejo la puerta abierta para que salga el calorcito…

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Noticia de sirenas

sirena2   Este mes escribo breve, desde la orilla del mar que se ve por mi ventana. Yo, chico de secano al fin, siempre le tuve mucho respeto al mar, hasta que poco a poco fui preguntándome por las maravillas que no se ven, que laten escondidas como las sirenas. Hace unos pocos años, en las costas de Israel, alguien grabó con su cámara de móvil lo que parecía una sirena echada al sol sobre una piedra en un acantilado. La hermosa, al verse sorprendida, se agitó de súbito y se hundió en el mar, pero la cámara lo recogió todo.

   Es increíble la necesidad que tenemos de meter los dedos en la llaga, de saber viendo, cuando basta cerrar los ojos, precisamente, para creer en las sirenas y convencerse de su existencia. ¿O es que vosotros no habéis sentido la llamada de una ilusión, de un sueño, que os reclama amenazante, como para estrellaros contra las rocas? Yo creo que la noticia es cierta porque en el mismo mar siriaco donde se avistó la sirena con el móvil cuenta Cunqueiro en su Orestes que había sirenas. Y que los jóvenes se daban a la diversión con ellas, incluso violentando el sexto, y fue que llegó por allí un misionero irlandés al que no le agradaban estas ligerezas. Y esperó hasta que la situación se le puso piripintada: un muchacho fue encontrado muerto de madrugada a la orilla del mar. Y, como era muy querido, los padres lo lloraban largamente y el misionero tomó cartas en el asunto. Se dispuso a estudiar un San Patricio y allí encontró la ciencia del canto de las sirenas: por lo visto al cantar su voz se condensa caliente en el aire, y forma una nubecilla densa, que se enfría al rato y regresa a la boca de la sirena, que así puede volver a cantar. Deduciendo que la sirena queda muda durante ese intervalo sin su canto, este fray irlandés construyó una red fina y se embarcó con un mozo heredero, hermoso como la luna en su plenitud. Y todo fue avistarlo y salir las damas del mar a competir con sus voces para enlazar al pimpollo a sí mismas, y todos los cantos echados se condensaban en el aire, y entonces el estudioso arrojó la red, capturó las canciones de todas las sirenas y luego las quemó en la orilla, dejando a las sirenas donde aún siguen, como las emociones a veces, mudas y tristes, encalladas en un corazón rocoso y sin poder ser escuchadas.

Yo creo que la sirena grabada con el móvil en Israel debió ser de estas, porque de haber sido cantora quizá el mozo que las grabó habría quedado hechizado por el canto y la felicidad… Porque las sirenas a veces son parteras de ilusiones como aquella que amó don Roldán cerca de Sicilia, y, quedando embarazada, dio a luz en las costas de Galicia a un mozo al que llamaron Paadin, por ser hijo del Paladín, y que según se cuenta en Sonata de otoño, era antepasado de Valle-Inclán. Yo siento que este verano también me visitaron las sirenas, dormido, y que esta vez fui yo quien preñó de hermosos proyectos, que ya os iré contando…

Por lo pronto, ahí van cuentos en agosto y clases a partir de septiembre, para aprender a decir la verdad y que no os pilllen.

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Caídos del cielo

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-¿De dónde sacáis los cuentos los narradores?

Al principio es difícil encontrar historias. Yo creo que se esconden de uno para que no las contemos cuando no tenemos la experiencia y las tablas necesarias. Los cuentos, sabios, se quitan de nuestro camino, se disfrazan bigotudos, se colocan de perfil en la página, y así el cuentero inicial se puede pasar años buscándolos sin hallarlos. Pero si persevera y cuenta, se hace, y poco a poco los mismos cuentos salen a su encuentro, se le entregan, y en cualquier lugar parece encontrar una historia que compartir.

Este es solamente uno de los aspectos fascinantes de ser narrador, que es un cuento en sí mismo, y más hoy en día. Uno aparece como las brujas, de calle, entre todos los demás, tan disimulado que hasta se hace difícil reconocerlo, confundido con el auditorio. Y de repente te subes a escena y abres la boca, los brazos, y de la nada surge el mundo entero, de lo que traes en el magín, del barro metafísico que mezclas con la complicidad, la memoria y la recién despertada capacidad de juego del auditorio. Y las bocas, los ojos y las almas se abren y se entregan. “Los tres euros mejor empleados de mi vida”, dijo un muchacho de 13 años a su profe cuando fui a contar a su instituto hace unas semanas. Supongo que por la sorpresa de ver cómo nace todo de ningún lugar.

Los narradores somos paracaidistas escénicos: mecidos en el desequilibrio caemos en cualquier lugar inesperado, con la mochila llena de lo que crees que usarás, entre gentes que súbitamente te reconocen sólo cuando empiezas a desvelar tu propio catálogo de maravillas aprovechando el terreno que haya, y que puede ir desde un escenario amable hasta el rincón más oscuro de una cocina. Pero da igual, todo sirve, todo se aprovecha, todo se transforma, y el público mira asombrado, alguno incluso hacia arriba, preguntándose pero de dónde salió este, como El Principito al aviador: “Alors, et toi, tu viens du ciel aussi?”

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Cursos de verano de narración oral-cuentacuentos

Con junio se afianzan las ganas de jugar… Aquí tenéis un par de propuestas artísticas para iniciaros (o recrearos) en el arte infinito del cuentacuentos profesional. La narración oral es un arte troncal para cualquiera que tenga interés en la oralidad, la literatura o el cine. Si os apetece adentraros en este mundo, yo os propongo estas dos puertas:

(Los cursos son independientes, aunque traten el mismo tema. No hay que hacer los dos, ni uno antes que el otro, son juegos diferentes sobre el arte de contar.)

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Celebración de la narradora

se como sheherezade editado copia

Hace unos años me contrataron en un biblioteca para un proyecto de formación de usuarios. Venían niños de coles, yo les contaba cuentos y entre medias les explicaba algunos asuntos básicos del funcionamiento de la biblioteca, Acto seguido se abría el turno de preguntas. Recuerdo a una niña con su brazo levantado:

-¿También hay chicas contando cuentos?
-Sí. Muchas.

Y otra niña:

-¿Y son guapas?

Las historias orales siempre han tenido una relación especial con la mujer. Mientras los hombres escribían con tinta de plomo, la mujer contaba ligera y aparentemente olvidaba después, para volver a recrear más adelante, como quien lanza un mensaje clandestino que se autodestruirá tras ser recibido, para no dejar rastro de su insurgencia bajo la ficción social de que solo el hombre existe. Y así, crípticamente, el libro de “Las mil noches y una noche” es en el original “Alf layla ua laya”, donde “layla” es noche en árabe y también en hebreo, y el hebro “layla” o “layil” deriva de Lilith, la mujer primera, insumisa e independiente, y todo este razonamiento se desliza como un guiño que la fenomenal Sheherezade hace a sus congéneres por debajo del manto del finalmente escriba masculino que redactó los cuentos. Y ya lo ven: noche, mujer, el cuento oral, lo que se “teje por debajo”… Todo era lo mismo: la vida de lo que no se ve, el lenguaje de los harenes, y de esta forma “Las mil y una noches” son también “Las mil y una mujeres”. Y así es: las “Noches árabes” incluyen entre sus cuentos infinidad de formas de ser mujer, que palpitan para quien sabe mirar a pesar del oscuro barniz del escriba. Mujeres como Budur, Aziza, Zumurrud, Esplendor, Halima, Zeinab, Dalila…. o Amina, la más joven de las tres hermanas del cuento del “mandadero de Bagdad”. Cuando las hermanas y los tres zaaluk son conminados por el gran califa a contar sus historias, todos cuentan y Amina calla. “Quizá por que es muy joven, aún no ha amado, y por tanto, aún no tiene nada que contar”.

Paralelamente aquí, en nuestra Europa cristiana, amaban las ardientes mozas, amaban y lo contaban, también de manera clandestina, en canciones aparentenmente costumbristas, inocentes, raras en boca de mozas castellanas que no habían visto el mar, pero ciertamente lo habían sentido dentro de sí:

“Levantose un viento
que del mar salía
y alzome las faldas
de la mi camisa”

Y lo mismo con otros temas, igual de libres se muestran ellas, de manera más o menos explícita:

“A las avellanas
mozuelas galanas,
a las avellanicas
a las avellanas”

“Ya florecen los almendros
y los amores con ellos
Juan:
mala seré de guardar”

“porque duerme el agua sola,
amanece helada”

“-¿De dónde venís, casada,
tan placentera?
-Vengo de ver el campo,
y la alameda.”

“-Gentil caballero, ¿de qué tenéis miedo
estando conmigo?
-De vos mi señora, que habéis otro amigo.
-¿Y de eso tienes miedo, cobarde caballero?”

Y hoy, que se celebra la fiesta de la mujer trabajadora, yo reivindico a la narradora. A la cuentera que siempre de forma sutil supo mostrarse, cantarse, contarse a pesar de todo, callar hasta amar, como Amina, y luego desbordarse de metáforas sensuales, inteligentes, certeras. Y reivindico esa revolución sutil, femenina, elegante y divertida que supone contarse como se es y se siente, sencillamente, ahora que al menos aquí puede ser público el lenguaje de los harenes, ahora que se puede contar en voz muy alta, amigas: vivid y contad, aprended a hacerlo y disfrutad de ello, como se despliegan brillantes mis compañeras de oficio, pues alguien que cuenta se vuelve un ser tan hermoso como sólo una niña lo puede imaginar.

[¿Quieres que te lo lea? Pulsa aquí]

(Textos tradicionales extraídos del libro “De Amores y versos en el otoño medieval”, de Juan Victorio)

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Cumpleaños cuentero

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Hay muchos cuentos en lo tradicional donde dos (o más) mujeres hablan de sus amantes. En una fabliaux medieval tres mujeres encuentran un anillo y proponen una competición para ganarlo: aquella que cuente la mejor manera de engañar a su chico se lo quedará. En Las mil y una noches, las dos esposas de un hombre viejo hablan de los amantes que se han echado, una un chico joven y la otra un hombretón “con barba”, y comparan sus prestaciones para con ellas. Esta tradición se reinventa en nuestros chistes actuales. En este caso tres personas de diferentes oficios (un artista, un funcionario y un científico) discuten sobre si es mejor convivir con una amante o una esposa:

-Evidentemente una amante –afirma con convicción el artista-, una relación huracanada, donde no sabes qué pasará cada día. Un amor finito en su infinitud, intenso y que reviva cada vez, como el fénix, de sus cenizas.

-No sabes lo que dices –replica el funcionario-. Lo ideal es un matrimonio: una mujer que sabes que siempre estará ahí, con la que sentir seguridad y dar seguridad, hacer juntos planes a largo plazo, una vida deslizada…

-Bah, pamplinas, no tenéis ni idea –dice de repente el científico- Lo mejor es estar con las dos: así una siempre piensa que estás con la otra y puedes dedicarte tranquilamente a trabajar en el laboratorio.

Esa era mi situación hace más de diez años: me debatía entre dos aguas, dos amores: la ciencia y el arte narrativo. Andaba saltando de un laboratorio a otro, cuando por fin, en 2004, conseguí una beca para un doctorado sobre estructura de proteínas en la Universidad de Salamanca.

-¿Qué cualidad tienes?- me preguntó mi futuro director de tesis al entrevistarme.

-Suelo tener suerte: siempre caigo de pie.

Trabajé mucho en aquel laboratorio durante dos años, mientras mantenía salidas a contar a diversos lugares, y entonces un día decidí que debería dejar de contar de una vez para sentar la cabeza y dedicarme de pleno a la ciencia y la cristalografía de proteínas. Al fin y al cabo ya tenía 28 años y era eso lo que se esperaba de mí. Entonces sucedió algo: mi jefe me gritó un día. Se enfadó conmigo porque andaba despistado, y aún salía a actuar por ahí y me marcó la línea roja sin marcarla. Y yo, que nunca he llevado bien la autoridad, de repente me desperté. Las personas que más me quieren trataron de disuadirme, pero no hubo caso: me despojé sin apenas pesar de todo lo que llevaba encima: el trabajo realizado, el sueldo más o menos fijo, los estudios, la seguridad, la proyección, la carrera científica, todo fuera, para salir al gran exterior, a la incertidumbre de vivir del cuento, para ser yo mismo.

No ha sido fácil, pero aquí estoy, dando gracias cada día por aquella ensalada de gritos. Y de eso, este mes de febrero de 2016, hace exactamente diez años.

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